domingo, 13 de octubre de 2013

Reseña: Horus, Señor de la Guerra

Título: Horus, Señor de la Guerra
Saga: La Herejía de Horus / Libro 1
Autor: Dan Albnett
Páginas: 320
Editorial: Timun Mas

Es imposible empezar a hablar de esta extensa saga (que actualmente abarca 20 novelas escrita por diferentes autores) sin hablar primero del archiconocido Warhammer 40.000, juego de estrategia por turnos futurista, con miniaturas que representan a diferentes facciones (los leales defensores de la humanidad: la Guardia Imperial y los Marines Espaciales; alienígenas como los horripilantes Tiránidos o los místicos Eldar entre otros muchos).

El trasfondo del propio juego nos coloca en el cuadragésimo primer milenio. El Imperio de la Humanidad abarca la mayor parte de la galaxia conocida, un auténtico monstruo compuesto por cientos de miles de planetas habitados, pero se enfrenta a innumerables adversarios. Numerosas razas alienígenas desafían el dominio humano constantemente, y una amenaza más insidiosa, la corrupción del Caos se extiende como un tumor desatando toda clase de horrores de pesadilla inimaginables al tiempo que planta semillas de oscuridad en el corazón de los habitantes del Imperio.
           
Esta mezcla de ciencia ficción con elementos distópicos y lo sobrenatural, la magia y el enfrenamiento a poderes oscuros ha dado lugar a una amplia franquicia de videojuegos (Dawn of War) y novelas (Los Fantasmas de Gaunt, Ultramarines) basadas en este universo.

La saga de la Herejía de Horus nos remonta nada menos que unos diez mil años atrás, con un floreciente Imperio que está comenzando a expandir sus fronteras por toda la galaxia de forma imparable en la llamada Gran Cruzada, gracias a la carismática figura del Emperador, que se considera a si mismo soberano de toda la raza humana. Para acometer esta increíble labor, el Emperador creo a unos guerreros modificados genéticamente con capacidades superiores a las de un humano estándar. Estos son los Adeptus Astartes, los Marines Espaciales. Cada legión de Adeptus Astartes es comandada por un Primarca, seres prodigiosos creados a partir de la misma sangre del Emperador, considerados por muchos como auténticos dioses entre los hombres.

Tras varios de siglos de conquistas y victorias gloriosas, el Emperador decide relegar el mando de la Gran Cruzada sobre Horus, su favorito entre los Primarcas, líder de la legión de los Lobos Lunares. Esta decisión provocará no pocas dudas entre el resto de los Primarcas. Algunos de ellos ponen directamente en cuestión la recién adquirida autoridad de Horus como nuevo Señor de la Guerra.

En este contexto da comienzo la primera de las novelas de la saga: Horus, Señor de la Guerra (Dan Abnett). Aunque Horus es indiscutiblemente el auténtico protagonista de esta primera parte, la mayor parte de la narración la seguiremos desde el punto de vista del capitán Garviel Loken. Tras el asesinato de uno de los capitanes más veteranos de la legión, Loken es invitado a ocupar su puesto en el Mournival, una especie de consejo interno privado donde sus cuatro integrantes pueden deliberar con el propio Horus al margen de la cadena de mando.

A través de varias campañas en diferentes escenarios de guerra conoceremos la relación que tienen los Lobos Lunares con los miembros de otras legiones como los Hijos del Emperador y los Ángeles Sangrientos y las dudas que siente Horus ante la magnitud de la colosal tarea que recae sobre sus hombros.

Un detalle interesante es la inclusión de puntos de vistas de civiles en una historia centrada especialmente en la acción y las batallas épicas, que nos permiten conocer mas detalles de la política del Imperio. Por un lado nos encontramos a los rememoradores, una selección de los mejores artistas del Imperio que acompañan a las fuerzas del Señor de la Guerra para dar fe con sus talentos de todos los acontecimientos de la Gran Cruzada. La relación entre los artistas y los militares es a menudo tensa dadas sus diferentes filosofías. Mención especial al rememorador Ignace Karkasy, un poeta inquieto ante la futilidad de la Gran Cruzada. Otro cuerpo de civiles que acompaña a la Cruzada son los iteradores, encargados de llevar la Verdad Imperial a los planetas conquistados.
           
Fruto de programas de colonización de épocas pasadas, muchos planetas fueron poblados, pero tras siglos de aislamiento muchas de estas colonias se han abandonado a doctrinas religiosas contrarias a la Verdad Imperial, que proclama que no existen los dioses y tan solo se puede creer en la razón, la ciencia y, sobre todo, en una humanidad unida. Los disidentes no tienen cabida en este nuevo Imperio y, al igual que los alienígenas, para ellos solo existe una alternativa posible: la aniquilación. Tal contraste entre la ilustración que el Imperio predica a sus hermanos perdidos con la violencia que promete a quienes no estén dispuesto a unírseles es cuestionada por el Interex, una civilización humana descubierta por la Cruzada que coexiste con otras razas alienígenas. No obstante, pese a los denodados esfuerzos de los iteradores por repudiar toda religión, dentro de los elementos de la Gran Cruzada se está extendiendo un movimiento que pretende deificar la figura del Emperador.

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